Capítulo 37
El olor del ajo dorándose en la mantequilla llenaba la cocina de la Hacienda Fonseca. María removía los condimentos con delicadeza, tarareando bajito una canción sertaneja antigua que arrullaba su infancia. El delantal atado a la cintura, el cabello recogido y el rostro sereno reflejaban lo mucho que estaba en paz.
Elza cortaba verduras en la encimera a su lado, riéndose de un chiste de su sobrina, una adolescente animada que ayudaba a lavar la ensalada. Tía Augusta, sentada en una silla cercana, pelaba patatas mientras observaba a María con un brillo emocionado en los ojos.
— Esta cocina nunca ha estado tan llena de alegría —comentó Elza, con una sonrisa—. Tú has traído vida de vuelta a esta casa, María.
— Y amor también —completó tía Augusta—. Esto aquí huele a hogar.
María solo sonrió, emocionada, y secó discretamente una lágrima de gratitud que insistía en caer. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía parte de algo.
Afuera, Hugo se acercaba al lavadero para lav