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Más tarde ese mismo día, cuando la oscuridad comenzaba a sumir al mundo en las tinieblas, Al Khali yacía alrededor de una hoguera y sostenía entre sus manos un cuenco; bebió para aclararse la garganta y habló a la multitud. Sus palabras resonaron en la lejanía desde donde une eco fantasmal parecía burlarse de él.

— Los ángeles de Dios estarán aquí pronto, deben creer en ellos como yo creo, les

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