Se lo dije a Ricardo a las ocho de la mañana, lo cual ya he descrito.
Pero el día después de decírselo a Ricardo, se lo dije a Floriana.
Esta fue una conversación diferente.
Floriana estaba en la habitación del norte cuando la encontré. La sala de dibujo con la luz adecuada, como ella había llegado a llamarla. No estaba dibujando; estaba dedicada a la lectura matutina específica que hacía cuando no tenía demandas operativas inmediatas y prefería dejar que el día comenzara a su propio ritmo.
Leva