82. Nuestro sí
Cássio
El dolor estaba repartido por todo el cuerpo como un aviso constante.
No gritaba, no me derribaba. Era persistente. Terco. De esos que no desaparecen con analgésicos comunes y se encargan de recordar, con cada movimiento, que hubo un precio.
Aun así, era pequeño comparado con el ruido en mi cabeza.
La sensación de haber subestimado a un hombre inestable. De haber bajado la guardia en el momento equivocado. De no haber podido impedir lo que él llevaba planeando desde hacía mucho tiempo. L