105. Declaración
Branca
La sala estaba demasiado silenciosa, un silencio sofocante que se infiltraba por los rincones. La delegada se sentó frente a mí, con una carpeta gruesa entre las manos, organizada como un arma cargada. Su expresión era neutra, pero sus ojos… aquellos ojos eran cuchillas afiladas, cortando el aire entre nosotras. Ningún juicio aparente, solo una escucha voraz. Aun así, mis manos temblaban en el regazo, frías como si la sangre hubiera huido de ellas.
«Puede comenzar desde el principio», di