Capítulo 10

Livia estaba frente a las tumbas de sus padres, con las manos temblorosas mientras apretaba el ramo de flores marchitas que había conseguido recoger, su mirada clavada en el suelo, como si buscara una respuesta en la tierra. El viento soplaba suavemente, pero eso no calmaba en absoluto su corazón en llamas. Habló en voz baja, sus palabras mezclándose con sus sollozos.

—Papá… ¿Cómo pudiste permitir que tu hermano pequeño viviera en medio de tanta riqueza, mientras tu propia hija lucha en la miseria? Estoy cansada… tan cansada. Quisiera irme, pero a veces pienso que si me muero, vuestra muerte quedará sin justicia. Me dejasteis sola en este mundo, sin vosotros, y lucho por cada soplo de aire. Estoy al límite de mis fuerzas…

Sus ojos se cerraban bajo la presión de las lágrimas que corrían sin fin. Ya ni siquiera podía detenerlas.

—He llorado tantas veces… pero hoy es diferente. Ya no sé si podré seguir adelante. Ayudadme… si me dejo llevar ahora, sé que no tendré ninguna razón para volver a levantarme. Pero os prometo que vengaré vuestra muerte, es lo único que aún me mantiene aquí. Vosotros lo sabéis, lo haré.

Se levantó lentamente de la tumba de su madre, con el dolor pesando intensamente en su corazón. Dejó un último pensamiento sobre la lápida de su padre antes de apartarse. Sus piernas estaban pesadas, como si cada paso la llevara más lejos hacia una oscuridad de incertidumbre.

Caminó sin rumbo, con las manos en los bolsillos, la mirada perdida en la bruma de la mañana. La soledad era su único compañero. Livia, una chica que ya no tenía nada, salvo su deseo de justicia, se alejó lentamente del cementerio, dejando atrás los fantasmas del pasado, pero llevando consigo la sombra de su sufrimiento.

Alessandro ya había regresado a su palacio, cómodamente instalado en su sillón, que parecía más un trono que una simple silla. Estaba absorto en sus pensamientos, con los ojos fijos en el horizonte, cuando uno de sus guardaespaldas entró, rompiendo el silencio.

—Jefe, seguimos a la joven. Después de salir del restaurante, se dirigió al cementerio. Habló en voz alta mirando dos tumbas. Parecía que eran sus padres, a quienes apreciaba profundamente.

Alessandro levantó la vista, intrigado. Miró a su guardaespaldas antes de responder con voz calmada pero autoritaria.

—¿Conseguiste identificar a esas personas?

El guardaespaldas le tendió un teléfono a Alessandro.

—Aquí tiene las fotos, jefe.

Las observó atentamente. Los rostros en la pantalla le resultaban familiares, pero le costaba creerlo. Se levantó bruscamente de su sillón, con la mirada vuelta glacial.

—¿Identificaron quiénes eran esas personas para la joven? —preguntó con voz fría, casi amenazante.

El guardaespaldas asintió, con el rostro grave.

—Sí, señor. Seguimos a la joven hasta su domicilio. Se llama Livia Santoro.

El nombre fue como un puñetazo. Alessandro se quedó helado, la sangre subiéndole al rostro. Se giró bruscamente hacia la ventana, buscando controlar su ira.

—No es posible… La familia Santoro fue eliminada hace años. ¿Cómo es posible que esta chica siga con vida?

El guardaespaldas bajó la cabeza, visiblemente incómodo.

—Lo verificamos, jefe. Está viva, y al parecer conoce la historia de su familia.

Alessandro apretó los puños. Una ira sorda crecía en él, pero se obligaba a mantener la calma. Salió de la habitación con paso rápido, dirigiéndose a su despacho. Allí, cogió su teléfono y marcó el número de su padre.

—Papá, has cometido un error muy grave —dijo con tono glacial.

—¿Qué me estás contando? Alessandro Volta nunca comete errores. ¿De qué hablas? —respondió su padre con voz autoritaria.

Alessandro se obligó a respirar hondo antes de responder.

—La familia Santoro… ¿Te acuerdas de ellos? He descubierto que dejaron una hija con vida, y hoy me ha humillado en público.

Un silencio pesado se instaló al otro lado del teléfono. Alessandro oyó la respiración agitada de su padre, señal de que estaba reflexionando. Luego, con voz más grave, Vicenzo Volta respondió:

—Imposible. Esa familia fue erradicada hasta el último. Yo mismo supervisé la operación.

Alessandro apretó las mandíbulas, con los dedos crispados alrededor del teléfono. Su padre nunca dejaba lugar al error. Si decía que la familia Santoro había sido aniquilada, ¿cómo había podido sobrevivir esa chica?

—¿Estás seguro de ello? —insistió Alessandro, con voz fría que delataba un deje de frustración.

Una risa seca resonó en el auricular.

—¿Dudas de mí, Alessandro? Ten cuidado, hijo. Sabes lo que cuesta cuestionar mis decisiones.

Alessandro cerró los ojos un instante, conteniéndose para no replicar. Conocía a su padre. Vicenzo Volta no soportaba la insubordinación, ni siquiera de su propia sangre. Pero aquel asunto le concernía directamente. Había sido ridiculizado públicamente por una chica que, según todas las versiones oficiales, nunca debería haber existido.

—Si está viva, es que nos mintieron —declaró Alessandro tras un momento de silencio—. Alguien la protegió. Y hoy está aquí, dispuesta a reclamar justicia.

—Hum. —Vicenzo pareció reflexionar—. Una chica sola no tiene ninguna posibilidad contra nosotros. Quizá ladre fuerte, pero no morderá.

—No lo tendría tan claro. Desafió mi autoridad delante de todos. Y no me tiene miedo. Es una Santoro, papá. Su familia siempre tuvo ese maldito valor suicida.

Un silencio tenso se instaló nuevamente antes de que Vicenzo soltara, con voz cortante:

—Si se convierte en un problema, ya sabes lo que tienes que hacer.

La sangre de Alessandro se heló. Su padre acababa de darle una autorización tácita. Una simple frase, pero que cargaba un peso inmenso. Podía actuar como quisiera con esa chica. Livia Santoro era una amenaza, y en casa de los Volta, las amenazas no se toleraban.

—Me ocuparé de ella —declaró Alessandro con tono frío—. Pero no de inmediato. Quiero saber quién la ayudó a sobrevivir. Quién le dio información. Quién le enseñó a plantarme cara.

—Haz como quieras, Alessandro. Pero no pierdas el tiempo con nimiedades. Si empieza a indagar demasiado, elimínala.

Y con esas palabras, su padre colgó.

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