Recibimos el segundo cumpleaños de Dante con una nevada torrencial. Aprovechamos para hacer un muñeco de nieve y jugar hasta que se perdió el Sol, era la primera vez que mis hijos disfrutaban de la belleza de la nieve e insistían en que la llevemos dentro de la casa para que puedan seguir jugando. Recuerdo que Catrina lloró cuando vio en lo que se esa maravilla blanca y helada se convertía con el calor.
—¡Pero Olaf estaba vivo! —lloraba.
—Pero yo no soy Elsa, mi amor —le dije para consolarla;