—Creo que... Que me gusta Lila —confesó Ayaka, rojo de la vergüenza y mirándome con sus enormes ojos.
La información tardó mil años en llegar a mi cerebro, ser procesada y luego enviar la respuesta a mi sistema nervioso, mientras Ayaka seguía mirándome, esperando mi respuesta.
Cuando por fin mi cara reaccionó, yo abrí mucho los ojos mientras mi cuello hacía que mi barbilla baje de forma paralela a mi pecho, mi rostro era un «¿Me estás jodiendo?» fuerte y claro.
—¿Qué?— pregunté, imposible de cr