Caminaba lento y a los saltos en aquel mundo deformado, miles de vías abandonadas surcaban el cielo, atravesando los edificios que salían en punta desde distintas partes, no había estrellas pero sí había caritas felices que daban vueltas sobre sí mismas, hipnóticas e idiotas.
Mi cabello suelto jugaba con mis orejas y no había nadie que lo detenga, ¡me estaba volviendo loca! ¿Qué demonios pasa? ¿Dónde dejé mi muñeca? Entonces vi al Señor Freud que caminaba releyendo sus apuntes y fumando un puro