Me desperté envuelta en los fuertes brazos de Kentin, algo de luz se filtraba por las pesadas cortinas de nuestra habitación y sólo se escuchaba la suave respiración de mi novio. Me acerqué más a él, podía sentir su corazón latiendo, su fuerte pecho subiendo y bajando, alguno que otro ronquido de placer y el temblor de sus dedos al soñar.
Con cuidado estiré la mano y tomé mi reloj de pulsera para fijarme la hora: Las once de la mañana.
Me incorporé de un sobresalto alertando a Kentin.
—¡Kentin!