Kilian se levantó de la cama, mirándome con detalle mientras me vestía.
Sus ojos, de vuelta a su tono original, recorrían mi cuerpo con un gesto de posesión evidente.
Este hombre está loco.
Apenas ayer coincidimos de nuevo en nuestras vidas y ya me estaba follando a su antojo y diciendo que era suya.
—Olvida toda esa ropa, Nadia. —Me ordenó con suavidad, abrazándome por la espalda—. Te mudarás a mi casa hoy.
—¿Qué?
—Este hotel es una m****a, y la cama es demasiado pequeña para todas las co