Capítulo 5 — ¿Me... conoce?

La habitación del hotel donde me había hospedado estaba lejos de ser la mejor, pero tampoco era el peor de los lugares.

Había lidiado con sitios mucho peores.

Estaba de pie frente al espejo del baño, observando mi reflejo.

¿Qué m****a estoy haciendo?

El vestido rojo escotado que había escogido meticulosamente, mi maquillaje impecable y atrevido. Tenía mi cabello negro ondeando sobre mis hombros, y ese maldito mechón blanco parecía resaltar más que cualquier cosa.

Me veía segura, dueña de cada centímetro de mi cuerpo y de mi vida, pero por dentro..., por primera vez en años, un torbellino de dudas me estaba devorando lentamente.

¿Por qué acepté hacer esto?

¿Por qué dejé que el agradecimiento que sentía por mi hermano me dominara?

Estaba cambiando mi vida segura en Nueva York y mi libertad por una misión suicida en nombre de un amor que ni siquiera entendía bien.

Daniel estaba destrozado, sí. Pero esto era una locura.

Aunque lograra obtener la verdad de su muerte, eso no traería a Elena de vuelta.

Solo podía terminar conmigo colgada en algún altar también.

Pero no puedo dejarlo solo en esto.

Terminé de colgarme mis aretes largos y me vi en el espejo.

Estaba lista.

Dos días habían pasado desde el funeral de Elena y, siguiendo el plan de Daniel, había usado todas mis habilidades sociales para hacer que la gente confiara y soltara al menos algo de información, para rastrear los movimientos de Kilian Volkov.

Más que todo con los hombres.

Y no fue nada difícil.

En un pueblo donde todos susurraban, solo hacía falta comprar unas copas en los bares correctos y sonreírles a hombres casados para obtener información.

Siempre funcionaba.

Fue así como supe que los jueves, después de las 10 de la noche, frecuentaba una especie de bar exclusivo y discreto llamado "Éter".

Un lugar donde la élite del pueblo y de ciudades cercanas iba a fingir que no estaban haciendo tratos turbios... Y, según las malas lenguas, propiedad de mi objetivo.

Mi plan era simple, casi patético; causar una impresión, hacer que el encuentro pareciera casual y... bueno, no sé qué más haría.

Dejaría que todo fluyera.

Acercarse a un hombre como él no sería fácil, y ya había sido clara con Dani.

Si no se lograba, lo dejaría. No me iba a arriesgar de más.

Al entrar al bar, el contraste con el resto del pueblo fue abismal.

¿Desde cuándo existe este lugar?

En mi última visita nunca supe de él.

Luces tenues, los sofás de cuero, jazz suave de fondo y las personas hablando y bebiendo licores caros fue lo primero que noté.

Muy mi estilo, debo admitir.

El vestido rojo había sido una decisión acertada.

Recorrí el lugar como si ya hubiera venido otras veces, ignorando las miradas sugerentes de algunos hombres, cuando pude verlo por primera vez en persona.

Guao.

Estaba sentado en una mesa en un rincón, solo, con un vaso de licor en su mano.

Kilian Volkov.

En persona, era aún más imponente que en las fotos. Rubio y con una elegancia depredadora. Su presencia llenaba el espacio a su alrededor.

Su mirada, incluso a la distancia, parecía capaz de desnudar hasta tu propia alma.

Dios santo... ¿Por qué m****a mi vientre se está contrayendo?

Respiré profundo, recordando cada paso de mi estúpido plan y caminé hacia la barra.

Ordené un gin-tonic y me senté en uno de los taburetes, cruzando las piernas con una lentitud perfectamente calculada, mostrandolas a todos, revisando mi teléfono y bebiendo como si nada.

Y esperé.

Por varios, varios minutos esperé algún movimiento.

Y luego, sentí una fuerte presencia a mis espaldas.

Una energía electrizante que me erizó la piel de los brazos.

Oh. Por. Dios.

—Un gin-tonic para una mujer con un vestido que pide mi completa atención —habló una voz a mi lado, grave y serena.

Como si fuera algo a lo que estaba acostumbrado a hacer.

Me giré, preparando una sonrisa coqueta y una línea al azar, pero la sonrisa se me congeló en los labios al ver sus ojos color avellana fijos en mí.

No había rastro alguno de curiosidad en ellos. Simplemente había… ¿reconocimiento?

—Guao, tu autoestima debe estar constantemente estimulada para que creas que mi vestido está destinado a llamar tu atención —le sonreí, manteniendo mi postura, pero mi corazón estaba a punto de salirse de mi pecho—. Aunque aceptaré el trago, gracias.

Él esbozó una pequeña sonrisa llena de frialdad.

No parecía ser la sonrisa de alguien que acababa de conocer a una mujer atractiva, sino más bien la de alguien que acababa de hacer su jugada en el tablero de ajedrez.

—Pues debo admitir que siempre estoy estimulado, y cuando algo me gusta, me aseguro de decirlo —respondió, bajando la mirada hasta detenerse en mi pronunciado escote—. Y se ve que amas que te digan cumplidos, ¿estoy en lo cierto, doctora Vega?

El aire se atoró en mis pulmones.

Doctora Vega.

¿Qué?

¿Acaso ya me descubrió?

M****a, estoy muerta. ¡Te lo dije, Dani!

—¿Me... conoce? —medio tartamudeé, tratando de mantenerme tranquila.

Volvió a sonreír y me pasó el trago que me había pedido.

—Kaiser —respondió él, como si eso lo explicara todo. Fruncí el ceño y él continuó—: Mi pastor alemán. El que tuvo un ataque al corazón en el Central Park hace dos meses. Usted le salvó la vida. Si no hubiera estado allí en ese momento, su veterinario de cabecera no habría podido hacer nada por él.

Los recuerdos llegaron de golpe.

No puede ser... ¿De verdad era él?

Un día frío en el parque. Un perro enorme desplomándose. Un hombre alto, angustiado, con una gorra y gafas de sol que maldecía en el teléfono por no saber qué hacer.

Recordaba estar tan concentrada en reanimar al animal, en mantenerlo con vida, que el dueño era solo una figura borrosa en mi mente, una bola de ansiedad a la que ordené callar y ayudar.

Dios.

Era él.

Kilian Volkov.

Por eso se había acercado. Me había reconocido.

El maldito destino había hecho de las suyas y nos había unido mucho antes de que toda la locura pasara.

—Usted... —murmuré, olvidándome de mi plan original.

Esto sí que me había descolocado.

—Yo —confirmó él, tomando de su propio trago—. Es un giro interesante del destino, ¿no te parece? Que la mujer que salvó a mi perro aparezca ahora aquí, en mi territorio, vestida como un regalo mortal.

Literalmente.

Sus ojos avellana me atravesaron.

Y supe, con un escalofrío que me heló la sangre, que no solo mi plan había fracasado mucho antes de comenzar.

Sino que, de alguna manera, ya había caído directamente en la boca del lobo.

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