Mundo ficciónIniciar sesiónEl ambiente en Haven Falls seguía siendo el mismo de siempre.
Solitario y aburrido. Cinco años habían pasado desde la última vez que vine de visita, pero todo el maldito pueblo seguía estando igual. Quizás algunas tiendas nuevas, pero no más. Respiré profundo, ajustándome la solapa del vestido negro de cuello alto que me había puesto. Era el más recatado que poseía, de manga larga y falda hasta mis tobillos, pero la tela se ceñía a mi cintura de una manera que hacía que varios pares de ojos, supuestamente afligidos, se desviaran hacia mí. Mis tetas tampoco ayudaban a pasar desapercibida. ¿O es que el vestido me queda pequeño? El mechón blanco en mi frente parecía ser una novedad entre las mujeres, una marca de rebeldía que ni la muerte podía opacar. Amaba mantener ese detalle en mi cabello. La iglesia, ese edificio que tanto recordaba de mi infancia como una prisión de buenas costumbres, me saludaba con imponencia. Dentro, estaba Elena. Descansando en una urna. Mientras caminaba, bajo la atenta mirada de varias personas, encontré a Daniel de pie junto a la puerta principal, pálido, con un traje que le quedaba holgado, como si se lo hubiera prestado un hombre mucho más grande que él. Lucía destrozado, y no era para menos. Él idolatraba a esa mujer. Al verme, su rostro se quebró por un segundo para luego reponerse. No esperamos más; nos abrazamos con una fuerza llena de desesperación. Hacía años que no nos veíamos. —Gracias por venir —susurró contra mi cabello, su voz ronca por el llanto y la falta de sueño. Ay, hermano. —No podría estar en ningún otro lugar, Dani —le respondí, apretándolo más fuerte contra mí. Cuando nos separamos, entramos, y no pude evitar cómo decenas de miradas se clavaron en mí. Reconocí varias caras de mi pasado; viejas amigas de la escuela que ahora me miraban con curiosidad mezclada con recelo, e incluso señoras de la congregación que susurraban tras mi espalda cuando pasaba a su lado. —¿Esa es Nadia Vega? —Escuché que vivía en Nueva York, pero que no la pasaba nada bien. —¿De qué hablas? Está hermosa. No parece haberla pasado mal. —Mira cómo la miran sus padres... Supongo que los rumores son ciertos. Ella siempre fue la decepción de su familia, por algo casi no la mencionan. Era un espectáculo en medio de una tragedia. Y ni siquiera intentaban disimularlo. La oveja negra que regresaba para el funeral de la prometida de la oveja dorada era más importante que la digna despedida de una mujer a la que le arrebataron la vida. Qué asco de personas. ¿Ahora ven por qué odio este maldito pueblo? Caminé con la cabeza en alto, mi brazo entrelazado al de mi hermano, siendo su ancla en un mar de dolor que lo estaba ahogando en este momento. El funeral fue un completo suplicio. El pastor, quien era el padre de Elena, habló de la pureza, de la luz y de una vida truncada por la maldad del mundo corrompido, y que si queríamos ser salvados teníamos que dejar la vida mundana y unirnos al Señor. A este hombre le acababan de matar a su hija y, en lugar de llorar su muerte, criticaba al mundo exterior como si fuera la mejor persona del mundo. ¡Puaj! ¿Por qué todos los extremistas religiosos tienen que ser un dolor en el culo? Sus palabras me taladraron los oídos. Daniel se la pasó temblando a mi lado, y yo solo podía apretar su mano, tratando de transmitirle toda mi fuerza. En medio de la misa, mi mirada se paseó por los alrededores y pude reconocer a la dueña de la tienda de mascotas del pueblo. La señora Eda. La persona por la que estudié Veterinaria. Me sostuvo la mirada y, con un leve asentimiento de cabeza, me dio un apoyo silencioso que agradecí en el alma con una sonrisa. Ella era de las pocas cosas bonitas que recordaba de este lugar. [...] —Nadia —me llamó mi madre, tomándome del brazo. Su tono seguía sonando igual. Como un regaño. —Mamá. La misa ya había terminado y Daniel estaba con el padre de Elena. Era el momento perfecto para mis padres. —Podrías haberte vestido con un poco más de... modestia. Es un funeral, no un desfile de moda vulgar. Rodé los ojos. Aquí vamos. No me sorprendía para nada su comentario pasivo-agresivo; en realidad, lo esperaba, pero esta vez no pensaba quedarme callada. —Créeme, mamá. La estoy respetando mucho más con este vestido que muchos aquí con sus comentarios de m****a —respondí con voz baja y firme—. Estoy aquí por mi hermano, no para impresionar a nadie. —Siempre tienes que llevarnos la contraria, ¿verdad, Nadia? —intervino mi padre, negando con la cabeza—. Ni en un momento como este puedes dejar tu actitud problemática. —Precisamente mi actitud fue lo único que me mantuvo cuerda en esta familia —espeté—. No tengo tiempo para esto. Si mi presencia les molesta, pueden seguir de largo. No es obligatorio hablarme. El desprecio en sus miradas era tan notable que tuvieron que obligarse a irse para no llamar la atención de los demás. Ellos siempre cuidaban las apariencias. No me equivoqué, nada había cambiado en absoluto. Ellos seguían siendo la misma m****a de siempre. Daniel se acercó de pronto, seguramente después de haberlo visto todo. —Lo siento, Nadia —murmuró, pasando un brazo sobre mis hombros y acercándome. —No tienes por qué disculparte —respondí, recostando la cabeza en su hombro—. Nunca lo hagas por ellos. Después de que me abandonaron a mi suerte, mi hermano mayor se había dedicado a ayudarme a que terminara la universidad. Trabajé por mi cuenta, sí, pero su ayuda me facilitó muchísimas cosas. Es por eso que estaba aquí; le debía muchísimo a Dani. —Lo sé... —giró la cabeza cuando vio que ya todo estaba listo para el entierro y de nuevo se afligió—. Creo que ya es hora. Oh, Dani. —No me despegaré de ti, hermano. Pasaremos por esto juntos. —Hablemos después del entierro, Nadia... Tengo algo importante que decirte. —¿Está todo bien? —Nada está bien, pero después de que te diga algunas cosas, lo estaré. Te lo prometo. Y por el tono de su voz supe que no se trataba de nada bueno. Dios, Dani... ¿Qué estás planeando?






