¿Cuánto tiempo más estaré aquí?
¡Quiero irme a dormir!
Estaba sentada en una cama de hospital ridículamente grande, envuelta en una bata azul, mientras un grupo de médicos con miradas fijas en mis heridas y en los aparatos me examinaban.
Ni que tuviera una herida mortal, por Dios.
Cada moretón fue documentado y cada rasguño, limpiado. El corte que tenía en el labio también fue curado con una delicadeza que, en este caso, agradecía.
Aun así, estaba inquieta.
Odio los hospitales.
Tod