La noche llego y Samantha entre lágrimas arregla las maletas de su hijo. Fabián, que permanecía apoyado en el marco de la puerta, contemplaba a la rubia que dejaba besos en cada prenda de su pequeño.
—Sam, no debes de estar así, Izan se sentirá mal— le pide y ella limpia sus lágrimas que no se detienen—, estará bien conmigo, podrán saber de él, cada día. ¡No soy un mal hombre! — se queja y llaga a su lado, Samantha apoya su rostro en su hombro.
—Es que, no pensé que me volvería alejar de mi hi