Los días pasaron y ese mensaje nunca llegó, días que se convertían en semanas, de semanas en un mes sin saber de su orangután, visitaba seguido a su hermano y lo veía tranquilo—“si pasara lo peor no estaría como si nada”—, pensaba Samantha, mantenía la fe y se aferraba a cualquier excusa que inventaba su afligida cabeza. Podía agarrar un avión e ir a buscar la respuesta a esa pregunta que le atormentaba y que temia—¿Sigue con vida? —pero no tenía valor, le faltaban fuerzas y permanecía esperand