Luciana se miró en el espejo del baño de la mansión Sterling por quinta vez en diez minutos. Traje sastre negro de Armani. Camisa blanca. Tacones de diez centímetros. Cabello recogido en un moño perfecto.
Se veía como su abuelo la habría querido ver: fuerte, profesional, implacable.
Pero sus manos temblaban mientras intentaba cerrar el collar de perlas.
Si perdía hoy, no solo perdía la empresa. Perdía el último pedazo de su abuelo.
—Maldita sea.
La señora Harrington apareció en la puerta.
—Déjem