La doctora Reeves tenía una política que a Luciana le tomó tres sesiones respetar: no tomaba notas durante la conversación. Decía que el papel entre dos personas levantaba un muro. Tenía una libreta, sí, pero la dejaba cerrada sobre el escritorio.
El consultorio olía a té negro y madera clara. No a hospital ni a perfume caro. A un lugar donde nadie necesitaba impresionar.
Luciana se sentó con la espalda recta, las rodillas alineadas, el bolso en el suelo a su derecha. Había aprendido a llegar pu