El vuelo desde Singapur duró diecisiete horas.
Stefan pasó las últimas cuatro mirando por la ventanilla sin ver nada útil: solo el Atlántico negro abajo y su propio reflejo superpuesto sobre él.
Poco más de un año en el piso veintidós de Marina Bay. Catorce meses construyendo algo real desde el abandono, con un equipo que había aprendido a contradecirlo con nombre y número. Y al final de esos catorce meses, un anillo devuelto sobre la mesita del hotel y una frase que no tenía respuesta correcta