El viento en la pista de aterrizaje de Teterboro no era solo aire en movimiento; era un animal vivo, una bestia blanca que aullaba y mordía la piel expuesta, intentando empujar a Ethan de vuelta hacia la ciudad que lo expulsaba.
Ethan puso un pie en el primer escalón de metal de la escalerilla del jet privado. El metal vibraba bajo la suela de su zapato, transmitiendo la potencia contenida de las turbinas que ya giraban con un silbido agudo, taladrándole el cráneo.
Pero ese ruido ensordecedor no