Ares Balmore no era un hombre al que le temblara el pulso. En la oscura y áspera sala de su casa, la atmósfera se tornó tensa cuando levantó su arma apuntando a uno de los escoltas de un notorio mafioso.
El golpe del disparo resonó como un trueno en el aire denso de la habitación, dejando tensos a los presentes.
La bala cruzó con precisión, hiriendo la pierna del desdichado escolta, quien gritó de dolor, cayendo al suelo.
—El próximo disparo será en la cabeza de alguno de ustedes —declaró Ares