Lucía
El mundo parece detenerse por un momento.
Mi respiración se acelera, y el calor de la vergüenza sube hasta mi rostro. Intento cubrirme como puedo con la pequeña toalla, pero es inútil.
Dante no dice nada. Solo me observa con esa intensidad que me hace sentir como si pudiera ver más allá de mi piel, más allá de mis pensamientos. Finalmente, rompe el silencio con una voz baja y controlada:
—Debí tocar la puerta.
Y con eso, se da la vuelta y sale de la habitación, dejándome allí, temblando y