Balbina apretó temblorosa los dientes y levantó la copa para beber de un solo trago. Apenas la bebió, ese sabor desagradable la hizo sentir una oleada de náuseas que la hizo al instante querer vomitar.
Pero Ireneo dijo en tono siniestro: —Si te atreves a vomitar, no habrá ninguna esperanza.
Al escuchar esto, Balbina aguantó las náuseas, tragó de nuevo lo que le subía y luego levantó la vista para sonreírle a Ireneo.
Ireneo se rio satisfecho y dijo: —Muy bien, perra. Ahora ve a lavarte.
Balbina