—Ya estoy empezando a impacientarme, — dijo Simón frunciendo el ceño, su voz resonando con una mezcla de irritación y desafío total, mientras mantenía la mirada fija justo en Eusebio.
Eusebio refunfuñó fríamente y respondió con lentitud: —Ha llegado tu hora. Reza por tu alma.
—Vaya, eres muy seguro de ti mismo, — replicó Simón con una expresión bastante burlona, desafiante ante la amenaza implícita.
Estas palabras enfurecieron por completo a Koldo y a los demás discípulos, quienes comenzaron a l