La voz de Christian cortó el aire como una cuchilla. Estaba en la entrada del pequeño laberinto de arbustos, y jamás había visto tal expresión en su rostro. No era solo rabia —era una furia primitiva, una promesa de violencia contenida apenas por un hilo de autocontrol.
—Christian. —Antonio recuperó la compostura rápidamente, ajustando el saco—. Solo una conversación amigable con tu... esposa.
—Aléjate de ella. Ahora. —Christian avanzó algunos pasos, cada músculo visiblemente tenso.
—Ella no