La Villa Bellucci estaba iluminada apenas por el brillo plateado de la luna y por las estrellas que salpicaban el cielo toscano. Nuestros pies, aún manchados de morado del jugo de las uvas, dejaban marcas en el camino de piedra mientras caminábamos lado a lado, los hombros ocasionalmente tocándose.
—Estoy arruinada —comenté, mirando mi vestido blanco ahora cubierto de manchas violáceas—. No sé si esto sale.
Christian se rió, el sonido relajado y genuino.
—Considéralo un recuerdo auténtico de