Mientras los otros se acomodaban en la sala principal conversando animadamente y esperando la llegada de la cena, Zoey, Matheus y yo nos retiramos a la sala de música de Nate, cargando una botella de vino tinto de la nueva línea orgánica —aún en pruebas— que Christian había traído de Argentina. Era un momento que había extrañado: solo nosotros tres hermanos, sin la formalidad de los cónyuges o amigos, pudiendo ser completamente nosotros mismos.
La sala era elegante pero acogedora, dominada por