Viernes, ocho y media de la mañana, y llegaba tarde. Por supuesto que sí. Justo el día de la cena con los franceses, mi alarma decidió no sonar, mi ducha tardó una eternidad en calentar, y ahora estaba corriendo por los pasillos de Bellucci como si mi vida dependiera de ello.
Balanceando mi bolso, una carpeta con documentos sobre la línea Épure y un vaso gigante de café que había comprado en la esquina, corrí hacia los elevadores. Uno de ellos tenía las puertas cerrándose.
—¡Espera, por favor!