Resulta que no morí.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —escuchamos la voz que debía pertenecer a una azafata del otro lado de la puerta.
—¡Ah, mierda! —dejé escapar, mientras Nathaniel rápidamente puso la mano sobre mis labios antes de comenzar a reír.
—Por favor, vuelvan a sus lugares y abrochen los cinturones. Nos estamos preparando para el aterrizaje —sonó ligeramente impaciente.
—Disculpe, señorita. Ya estamos saliendo —respondió, terminando de abrocharse la ropa.
—¿Estamos? —me atragante. ¿Al