Ya estaba comenzando a sentirme más relajada, arrullada por la voz tranquilizadora de Nathaniel y por la forma en que nuestra conversación estaba fluyendo naturalmente, cuando el avión dio una sacudida aún más violenta que todas las anteriores. Esta vez podía jurar que habíamos caído varios metros en el aire, y toda aquella falsa sensación de seguridad que acababa de conquistar desapareció instantáneamente.
—¡No quiero morir! —dije, encontrándome aferrada de verdad al brazo de Nathaniel. No pud