Ariadna se quedó petrificada frente a la pantalla del computador. El cursor parpadeaba sobre la última frase del correo: "Velik ya ha aceptado el trato y Miles también". Las palabras parecían saltar de la pantalla para asfixiarla. No era solo su padre perdiendo la cabeza en una mesa de juego; era su prometido, el hombre con el que planeaba envejecer, aceptando entregarla como si fuera una propiedad, un fardo de mercancía para saldar una deuda de juego en Michigan.
El silencio de la oficina de G