Ariadna vio a su madre, Elena, cruzando el umbral de Le Bernardin. No caminaba con la seguridad de las mujeres que habitualmente almorzaban allí; lo hacía con una rigidez ensayada, aferrando su bolso con fuerza. Llevaba un traje de sastre que, aunque se veía bien cortado, tenía ese brillo sutil en las costuras que delataba los años de uso y las muchas pasadas de plancha.
Ariadna sintió una punzada de lástima mezclada con irritación. Recordó cómo su madre había perdonado las humillantes infideli