—No, Ariadna. Tú no matas. Tú lloras, suplicas y arruinas a los hombres que te aman.
La frase le atravesó el pecho como una cuchilla.
Ariadna apretó tanto el auricular que los dedos comenzaron a dolerle. Podía escuchar la respiración tranquila de Akira al otro lado de la línea, como si estuvieran teniendo una conversación casual y no reviviendo años de dolor, sangre y destrucción.
—Dime dónde está —repitió Ariadna con la voz quebrada.
Akira soltó una pequeña risa.
—Te dije que tengo una propues