Ariadna no tuvo tiempo de pensar demasiado en el desmayo del día anterior porque apenas salió del baño una empleada tocó la puerta de su habitación.
—El señor Rolling la espera en el estudio, señorita.
La mujer ni siquiera levantó la mirada al hablar.
Ariadna tragó saliva. El dolor de cabeza seguía allí, pesado, molestándole detrás de los ojos. Se colocó una bata encima del camisón y salió de la habitación lentamente. Sus piernas todavía se sentían débiles, pero el enojo era suficiente para mant