Los días siguientes fueron un torbellino de silencio y tensión contenida.
Lia y Alejandro apenas se cruzaban. Él salía antes del amanecer y regresaba cuando ella ya estaba en su habitación. Las comidas se servían en horarios diferentes, como si Rosa hubiera recibido órdenes tácitas de mantenerlos separados. La mansión, que antes parecía un palacio de lujo, ahora se sentía como una cárcel fría y enorme.
Lia pasaba las horas en la biblioteca o en la terraza, intentando leer o distraerse con cualq