Rafael se había quedado afuera para esperar que padre e hija terminaran de hablar. Cuando lo hicieron, ambos salieron del restaurante riendo con felicidad.
Él los vio con nostalgia, porque extrañaba un poco a sus difuntos padres, a pesar de las exigencias. Notó que Alejandro y Mónica se parecían un montón, sobre todo en la nariz puntiaguda.
—Bueno, supongo que dejaré a mi hija en tus manos —Palmeó el hombro de Rafael—. Cuídala, o ya sabes lo que te puede pasar.
El empresario comprimió una so