—Es dinero suficiente para invertirle a la empresa —murmuró David, estaba reunido con su madre.
—Esta casa es una pocilga —Arrugó la nariz—. Ni siquiera podemos tener sirvientas, y todo por tu incompetencia.
—¿Ahora me vas a culpar a mí? —inquirió, con fastidio—. Creí que estabas de mi lado.
—Estoy de tu lado —Se levantó del sofá, con firmeza—. Yo misma arreglaré tu cagada.
David se extrañó, pues su madre no dejaba de insistirle en recuperar a Victoria, le contó que salió mal.
—No fue mi c