POV ANDREW
Me quedé en la penumbra de la habitación durante lo que parecieron horas, aunque el reloj apenas había avanzado unos minutos. La música seguía fluyendo desde la terraza, una melodía que se sentía como una burla rítmica a mi propia parálisis. A través del cristal, veía la silueta de Karina recortada contra el cielo de las Bahamas, que ahora se teñía de un violeta profundo y oro. Ella era movimiento; yo era estática. Ella era la vida reclamando su espacio; yo era una sombra escondida tras el lujo y el rencor.
“No dejes que la silla se convierta en tu personalidad”, había dicho Zack. Sus palabras me golpeaban el cráneo con la insistencia de un martillo.
Apreté los puños sobre los reposabrazos. Sentía el cuero frío bajo mis palmas, un recordatorio constante de mi realidad. Podía cerrar los ojos y fingir que seguía siendo el Andrew que corría por las mañanas, el hombre que dominaba las salas de juntas y las alcobas con la misma arrogancia depredadora. Pero al abrirlos, la sil