El eco de mis tacones sobre el suelo de mármol de las oficinas de la subsidiaria de Zack sonaba como una declaración de guerra. Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y una armadura invisible de profesionalismo gélido. Me había preparado para esta reunión durante cuarenta y ocho horas, repitiéndome que esto era solo un negocio, un favor para un amigo.
—La sala de juntas cuatro está lista, señorita Wilson —dijo la secretaria, mirándome con una mezcla de respeto y curiosidad.
—Gracias —resp