El silencio en la mansión Thorne ya no era la calma opulenta a la que me había acostumbrado; era el silencio de una tumba recién sellada. Cada paso que daba por la alfombra persa del pasillo resonaba en mis oídos como una burla. Subí las escaleras sintiendo que mis extremidades pesaban toneladas. Mi cuerpo, aún marcado por los moretones de la bodega y el impacto de mi caída en la oficina, protestaba con cada movimiento, pero el dolor físico era apenas un susurro comparado con el estruendo de m