El «sí» seguía en la habitación cuando me desperté.
Me quedé tumbada en la cama exactamente tres minutos pensando en ello antes de decidir que eran tres minutos de más y levantarme, porque el techo no iba a darme ninguna respuesta y el café quizá tampoco, pero al menos estaba caliente y no me obligaba a examinar mis sentimientos sobre una sola sílaba pronunciada por un hombre que lo decía todo como si no le costara nada y, de alguna manera, hacía que a ti te lo costara todo.
Cogí lo primero que