Maddison
El sonido de la sirena corta la noche como un grito desesperado. Siento las ruedas de la ambulancia saltar en cada curva mientras aprieto con fuerza la mano de Derek. Está fría, pálida, temblorosa, y yo no dejo de suplicar que no me la quite, que no me lo quite.
—Aguanta, por favor… —susurro, más para mí que para él—. No te vayas ahora, Derek, no así, no todavía.
Él murmura algo, su voz es apenas un hilo entre jadeos. Mueve los labios como si el aire le pesara.
—Maddison… —balbucea—. T