CAPÍTULO 150: NUNCA FUISTE VICTIMA
Vanessa
El café me sabe amargo esta mañana, y no porque esté frío.
Gregory me ha citado en uno de los restaurantes más discretos de la ciudad. Llego primero, por supuesto. Me acomodo en la mesa del fondo, cruzo las piernas y pido agua con gas. No hay razón para que él dude de quién lleva el control.
Pero cuando llega, trae en la mirada algo que me inquieta.
—Te ves agotado —le digo forzando una sonrisa—. La vejez no perdona.
—Y tú te ves patética —responde con