CAPÍTULO 121: LAS COSAS QUE NO SE DICEN
Maddison
Cuando abro los ojos, lo primero que veo es el techo blanco. La habitación está en silencio, apenas iluminada por la luz grisácea del amanecer que se cuela por las cortinas. Parpadeo, me duele la cabeza, pero no tanto como para impedirme notar que no estoy sola. Giro con cuidado… y ahí está Derek, sentado en la silla junto a la cama, con la cabeza recostada sobre mis piernas, como si no se hubiera movido en toda la noche.
Mi corazón da un vuelco.