47. La lengua de la víbora
La cantina de El Gallo Tuerto era un lugar que olía a aguardiente rancio, sudor seco y resentimiento. Las tablas del suelo crujían con cada paso, los bancos cojeaban como viejos heridos y las moscas parecían haber hecho un pacto de permanencia con el diablo. Isolde Poms secaba con desgano una jarra sucia detrás de la barra, mientras observaba a su hermano mezclar un brebaje que difícilmente podía llamarse licor.
—Otra noche, otra ralea —murmuró, echando una mirada despectiva al grupo de foraste