En el patio, al escuchar aquellas palabras de Hernán, Jimena por fin sintió que el pecho se le aliviaba un poco.
Miró a Hernán y preguntó con seriedad:
—¿Todo lo que dijiste es verdad?
—Por supuesto —respondió Hernán con firmeza, como si temiera que ella no le creyera.
Pero solo él sabía que, más que la desconfianza de los demás, lo que en verdad temía era su propia vacilación.
Precisamente porque Jimena había tocado esas dudas y esos pensamientos que guardaba en el fondo, reaccionaba con tanta