Mundo ficciónIniciar sesióncapítulo 4: El secreto.
El sonido metálico del picaporte forzándose desde el exterior espoleó el instinto de supervivencia de Emma. La madera vibró una vez más bajo el puño de Jacob, y esa vibración pareció transferirse directamente a sus vértebras. Miró a Oliver. Los ojos grises de su exesposo brillaban con una fijeza desalmada, sosteniendo la llave dorada entre los dedos como quien sostiene el hilo que maneja a una marioneta.
—Dos segundos, Emma —susurró él, arrastrando las palabras con una lentitud que contrastaba salvajemente con la urgencia del pulso de ella—. Elige.
Emma tragó saliva, sintiendo el sabor amargo de la humillación en la garganta. No había elección real. Ver a Jacob derribar esa puerta y encontrarla acorralada por su propio hermano destruía cualquier posibilidad de futuro, cualquier atisbo de la paz que tanto le había costado edificar en Europa.
—Voy contigo —asintió en un hilo de voz, con el orgullo sangrando.
Oliver no ensayó ningún gesto de triunfo; se limitó a actuar con la precisión quirúrgica que siempre lo había caracterizado. Agarró a Emma por la muñeca —un agarre firme, desprovisto de rudeza pero incuestionable— y la arrastró hacia el fondo del espacioso tocador, donde una pesada moldura de madera en la pared ocultaba una puerta de servicio empotrada, diseñada para el personal de limpieza del hotel.
Introdujo la llave, giró el mecanismo sin hacer ruido y tiró de ella. Al otro lado se abría un pasillo estrecho, iluminado por una luz fluorescente parpadeante. Oliver empujó a Emma con suavidad hacia el interior y entró detrás de ella, entornando la puerta justo en el instante en que un estallido sordo resonaba en el baño principal: Jacob acababa de abrir la puerta exterior con la ayuda del personal de seguridad.
—¿Emma? ¡Emma! —el grito de Jacob, preñado de una angustia genuina, se filtró por las rendijas antes de que Oliver cerrara el pestillo interno por completo.
Emma se llevó una mano a la boca para contener un sollozo. Estaba ahí, a escasos metros de la persona que la amaba, escondida en las sombras con el hombre que había sido su ruina.
—Camina —ordenó Oliver en un susurro, señalando las escaleras de incendios que descendían hacia el estacionamiento privado del subsuelo.
El trayecto fue un borrón de escalones de cemento y paredes grises. El siseo de la seda azul de su vestido contra las paredes angostas era el único sonido que competía con sus respiraciones. Cuando alcanzaron la penumbra del estacionamiento subterráneo, lejos de las miradas de la prensa y de los invitados, Oliver la soltó. Emma se frotó la muñeca, aunque él apenas la había presionado. El dolor no era físico; era el peso de la memoria.
—Tienes diez minutos antes de que Jacob se dé cuenta de que no estás en ningún rincón del segundo piso y empiece a revisar las cámaras —dijo Oliver, apoyándose contra una columna de hormigón. Cruzó los brazos, adoptando esa postura de superioridad que a Emma tanto le recordaba a sus años de juventud—. Esta es mi propuesta, Emma. Vas a convencer a mi hermano de que te sientes mal y te vas a marchar de esta gala ahora mismo. Mañana por la mañana, irás a mi despacho principal. Solos tú y yo. Sin Jacob. Sin abogados externos.
—¿Para qué? —preguntó ella, clavando los ojos en él, intentando mantener la barbilla en alto—. Mi vinculación con la empresa es estrictamente accionarial. Mis apoderados pueden firmar cualquier documento. No tengo nada que hablar contigo en una oficina.
Oliver soltó una risa seca, un sonido carente de toda alegría.
—Tú tienes el cincuenta por ciento de las acciones de la compañía que mi padre construyó, Emma. Acciones que obtuviste de una manera que ambos conocemos perfectamente. Mañana vamos a liquidar los flecos que quedaron sueltos de nuestra... separación. Si vienes y firmas los acuerdos de gestión que necesito para mantener el control absoluto de la junta sin tu interferencia, te prometo que Jacob nunca sabrá quién fui en tu vida. Podrás casarte con él, tener tu pequeña fantasía de redención y jugar a la familia feliz. Pero si mañana no te presentas a las nueve en punto... le entregaré a mi hermano una copia de nuestra acta de matrimonio original antes del almuerzo.
Emma sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. La frialdad de Oliver era absoluta. No había en él ni un átomo del hombre que alguna vez creyó que la amaba. Era un tiburón de los negocios utilizando el secreto más oscuro de su pasado como moneda de cambio.
—Eres un monstruo, Oliver —susurró ella, con los ojos empañados por la indignación.
—Soy el hombre que creaste cuando me abandonaste en este país hace seis años —respondió él, sin alterar el tono de su voz—. El tiempo corre, Emma. Regresa al salón por el ascensor principal del ala oeste. Inventa una excusa. Di que saliste a tomar el aire por los jardines porque el baño estaba lleno. Vete a casa con tu prometido. Y recuérdalo: mañana, a las nueve.
Sin esperar una respuesta, Oliver se dio la vuelta y se perdió entre las sombras del estacionamiento, dejándola sola con el eco de sus tacones y el temblor de sus manos.
El regreso a la suite del hotel fue un suplicio de silencios y medias verdades. Emma había seguido las instrucciones de Oliver al pie de la letra, no por obediencia, sino por puro terror. Había interceptado a Jacob en el vestíbulo del ala oeste, fingiendo una debilidad extrema, disculpándose entre lágrimas falsas por haberlo asustado, alegando que la ansiedad del regreso la había desorientado y que había terminado caminando por los jardines traseros buscando un poco de aire limpio.
Jacob, bendito en su nobleza y ciego por el amor que le profesaba, no dudó de ella ni un solo segundo. La había tomado en sus brazos, ordenado que trajeran la limusina de inmediato y cancelado su participación en el resto de la gala sin importarle los ministros, los socios o la fusión de su propia firma legal. Para Jacob, el mundo se detenía si Emma sufría.
Ahora, pasada la medianoche, la suite presidencial estaba sumida en una penumbra acogedora. El único sonido era el suave chasquido de la lluvia de verano que había comenzado a golpear los amplios ventanales que daban a la ciudad.
Jacob entró al dormitorio principal vistiendo una cómoda bata de seda oscura, con una taza de té humeante entre las manos. Se acercó a la cama, donde Emma permanecía sentada, apoyada contra las almohadas, vistiendo un camisón blanco que la hacía lucir sumamente frágil. Había descolgado el collar de diamantes y el anillo de compromiso reposaba sobre la mesa de noche, destellando bajo la luz de la lámpara auxiliar.
—Toma esto, mi amor —dijo Jacob con dulzura, sentándose en el borde del colchón y extendiéndole la taza—. Es manzanilla. Te ayudará a relajar el estómago. Tienes las manos como dos pedazos de hielo.
Emma aceptó la taza, agradeciendo el calor que emanaba del calor de la porcelana. Miró a Jacob; sus ojos castaños rebosaban una ternura tan limpia, tan exenta de malicia, que a Emma le dolió el pecho. Sintió una punzada física de culpa. Le estaba mintiendo al hombre que la había salvado de la locura.
—Gracias, Jacob. De verdad... no sé qué haría sin ti —susurró, dejando que él le diera un tierno beso en la frente.
—No tienes que agradecer nada. Estamos juntos en esto, ¿recuerdas? —Jacob le acarició la mejilla con el pulgar—. Me asusté mucho cuando no te encontré en el baño. Oliver me dijo que te había indicado el camino, pero cuando fui, la puerta estaba trabada. Pensé que te habías desmayado dentro. Al menos mi hermano tuvo el buen sentido de guiarte hacia una zona tranquila.
Emma contuvo el aliento al escuchar el nombre de Oliver en labios de su prometido. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que la taza no tintineara contra el platillo.
—Sí... tu hermano fue... muy eficiente —consiguió decir, intentando mantener un tono neutro—. No sabía que se llevaban tan bien como para que él se preocupara por mí.
Jacob soltó un leve suspiro, desviando la mirada por un momento hacia el ventanal.
—No nos llevamos bien, Emma. Esa es la verdad. Crecimos separados. Cuando mi madre se divorció del padre de Oliver, yo era muy niño. Él se quedó con el viejo Rossi, absorbiendo toda esa mentalidad corporativa. Yo me crié con mi madre, lejos de mi hermano. Oliver siempre me vio como un extraño, alguien que no pertenecía a su casta. Pero admito que esta noche se portó como un caballero al ayudarte. Supongo que incluso un hombre de hielo como él sabe cuándo alguien necesita espacio.
"No tienes idea de lo que tu hermano es capaz, Jacob", pensó Emma, sintiendo que las lágrimas amenazaban con traicionarla.







