Ya era hora.
Había practicado este momento con Sol casi treinta veces.
Primero salían la niña de las flores de la casa, que era una sobrina de Alejandro, para ir hacía una gigante carpa en medio del hermoso jardín. Después irían las demás, quien era Sol y unas primas de la familia Ferreira, que caminarían por el pasto elegantemente. Y al final estaba yo, sola.
No había un hombre o padre, que me acompañara hacía el altar. De pequeña siempre soñé con este momento, deseando que mi padre tomara