Salimos como rayo del lugar, Alejandro conducía tan rápido que solo podía sentir como el aire de la ventana, despeinaba mi cabellera. Era de noche y estaba un poco oscuro, pero eso no detuvo que Alejandro condujera como un total loco.
–¡Detente ! –Le dije más de una vez, pero el joven no parecía escucharme. Sus ojos verdes claros y hermosos, de pronto se tornaron negros. Era como si hubiera perdido el control de él mismo.
Gracias a dios llegamos sanos y vivos a la casa, en donde el Alejandro de