Xavier:
—¿Tienes su localización? Envíamela. No, yo me encargaré. Bien.
No había terminado de colgar, y ya estaba lanzando mi celular contra la pared
—¡Hijos de puta!- bramé.
No me lo podía creer.
¡No me podía cree que tuvieran la desfachatez de mantener cautiva a mi esposa en el mismo lugar donde todo se fue al carajo!
Pero así era.
Edwin Barnes, mi hacker, así me lo había confirmado.
Dos años antes:
Ella venía, caminando hacia mi coche, enfundada en ese vestido rojo que la hacía ver tan sensu